Filosofía
- Cultura y Antropología
LA CULTURA DESDE EL PUNTO DE VISTA DE LA ANTROPOLOGÍA
UN MOMENTO PARA LA REFLEXIÓN
Al regresar a mi hogar, luego de un día de
intenso trabajo, me puse a pensar sobre el tema que
iba a desarrollar en la monografía. Comencé
el recorrido por los distintos autores que abordan el
tema de la cultura desde una perspectiva filosófico-antropológica.
Traté de reflexionar desde mi poca formación
personal y, para ordenar mis ideas, me propuse como
meta armar el rompecabezas que ante mí aparecía.
Me cuestionaba qué es la cultura, qué
áreas abarca y cómo poderlas aplicar en
mi quehacer profesional, circunscribiéndome dentro
de éste, a la tarea docente. Traté de
analizar si sería posible llegar a integrar temas
que, a lo largo de mi vida, me habían resultado
apasionantes y estimulaban mi intelecto para poder reflexionar
y cuestionarme sobre ellos, de manera que pudieran servirme
como instrumento de mi propia praxis. Poder resignificar
así el rol docente es una tarea ardua, pero no
imposible. Necesitaba organizar mis ideas, sentimientos
y deseos para poder superar el desorden que, en algunas
circunstancias, acompañaban mi accionar educativo,
determinado por pautas y comportamientos institucionales
y sociales, que me hacían caer en la rutinización.
En la medida que pudiera reconstruir y dar sentido a
mi quehacer, me sentiría capaz de trasladar estas
mismas inquietudes a mis alumnos del Profesorado, futuros
docentes, y estaría colaborando con ellos en
la búsqueda de proposiciones que los ayudaría
en su futura tarea de formadores. Era necesario incentivarlos
para que también ellos se cuestionaran sobre
su propia identidad cultural, encarando de otra manera
los obstáculos que el mundo actual les pudiera
presentar a través de una cultura deshumanizante,
donde el consumismo, la producción y los medios
tecnológicos los convierten en seres robotizados
y faltos de una vida personal con sentido.
Debía limitar mis objetivos, ya que el campo
de la cultura es muy abarcativo. Lo primero que intenté
fue definirla, cosa que me resultó difícil,
dado lo polisémico de su significado, que cambia
de acuerdo con el punto de vista que se adopte para
definirla.
En muchas ocasiones, la cultura se interpreta como todo
lo que se adquiere a través de la educación.
La adquisición de conocimientos, pautas y normas
que hacen a la formación del individuo es un
ejemplo de esta concepción de cultura, a la que
Raymond Williams, (1983), adhiere y la opone a la nurtura
que, para él, es la naturaleza o crianza natural.
En otras circunstancias se la entiende diferenciándola
de lo popular, es decir, como la máxima expresión
de la civilización: es la cultura culta. Ejemplo
de ello son los premios a obras literarias o artísticas
otorgados por la Secretaría de Cultura a determinadas
personas, donde se intenta separar la cultura popular
de la cultura culta, olvidando que en realidad ambas
se entremezclan e inciden la una sobre la otra.
Bajo la mirada antropológica, el término
cultura, en un sentido amplio, se refiere a todas las
producciones y actividades humanas. Hablar de producciones
humanas lleva a pensar no sólo en lo material,
sino también en lo simbólico que se cristaliza
en obras, conductas y valores que superan la materialidad
en tanto no se hacen visibles en las cosas y, por ser
invisibles, determinan la esencia de su subjetividad.
De todos los campos en los que opera la cultura, lo
que me interesaba era reflexionar sobre la implicancia
que tiene la cultura, desde el punto de vista antropológico,
en el accionar del individuo y qué papel juega
en su educación. Como ya era muy tarde, decidí
continuar al día siguiente y me fuí a
dormir pensando en estas cosas.
SUEÑO IMPOSIBLE
Casi de inmediato me quedé profundamente dormida;
me sumergí en un sueño que aún
perdura en mi recuerdo y que, por el impacto que me
provocó, pasaré a relatar. Me encontré
frente a una hermosa casona que, por lo señorial
de su aspecto, me ví impulsada a entrar. Al hacerlo
encontré un ambiente grande con un mobiliario
lujoso y en el centro del mismo, un gran cartel que
decía: “Mansión de los Grandes Pensadores”.
Me detuve a mirar todo en derredor y de pronto, ví
un largo corredor lleno de puertas. Sobre cada una de
ellas un cartel indicador hacía referencia a
grandes temas filosóficos: Lógica, Teoría
del Conocimiento (Gnoseología), Metafísica,
Ética, Estética, Teoría de los
Valores (Axiología), Filosofía de la Religión,
Filosofía del Derecho y del Estado, Filosofía
del Lenguaje, Filosofía de la Sociedad, Filosofía
de la Historia, Antropología Filosófica
y Filosofía de la Cultura (Derecho, Estado, Lenguaje,
Religión, Mito, Arte, Ciencia, etc.). Algunas
personas iban y salían de una puerta a otra.
Por un momento dudé dónde entrar y, mientras
recorría por segunda vez el pasillo, me puse
a pensar que comprender e interpretar el origen, esencia
y destino del hombre, era una temática común
al campo de las diferentes ramas filosóficas.
Tendría que elegir adecuadamente para hallar
lo que quería averiguar: ¿qué se
entiende por cultura desde el punto de vista de la Antropología
Filosófica?. Opté entonces por golpear
en la puerta que decía “Antropología Filosófica”.
Encuentro con Charles Robert Darwin
Salió a recibirme un señor calvo y con
espesa barba. Nos presentamos. Me dijo que era un científico,
nieto de Erasmus Darwin, persona muy admirada por él
ya que había influido en su pensamiento sobre
las teorías evolucionistas. Grande fue mi emoción
al saber que estaba hablando con Charles Darwin, investigador
de la naturaleza. Le pregunté si podía
ayudarme a encontrar el camino que me condujera a aclarar
qué se entiende por cultura. Frente a tal pregunta,
me dijo que, para su punto de vista, la antropología
podía resumirse en su teoría del transformismo
basada en las Ciencias Naturales, donde a través
de largas investigaciones llegaba a la conclusión
que, por la gran variabilidad que existe en la naturaleza,
no se encuentran dos individuos exactamente iguales
y que las variaciones son, en gran parte, hereditarias.
Este proceso lento de variaciones, provoca la desaparición
de unas especies y la aparición de otras nuevas.
El hombre forma parte de esta evolución como
el último de sus resultados. Así, la aparición
del hombre y todos sus comportamientos deben ser interpretados
con los mismos mecanismos que han originado el nacimiento
y diferenciación de las demás especies
biológicas.
Sorprendida le dije que esta postura se oponía
al relato del Génesis.
Respondió que durante siglos el origen de los
seres vivos efectivamente fue explicado con las palabras
del Génesis, pero que el evolucionismo venía
de lejos, dado que los griegos hablaban de los cambios
y transformaciones de los seres orgánicos.
Le dije que no sabía de esas teorías griegas
y me aclaró que Empédocles de Agrigento
ya sostenía esta tesis.
Le pregunté cómo había sido recibida
esta teoría por sus contemporáneos.
Me contestó que muchos científicos la
habían aceptado, pero el clero la había
rechazado por oponerse a las explicaciones bíblicas.
También la opinión pública se enfrentó
con él, tergiversando el sentido de su teoría;
por ejemplo interpretando que el hombre desciende del
mono, idea ésta que perduró hasta muy
entrado el siglo XX, cuando en verdad lo que él
sostenía es que el hombre y el mono descienden
de un mismo antepasado común. Me aclaró
que tardó mas de 20 años en publicar su
teoría por saberla revolucionaria, por eso la
dio a conocer en 1859, en un libro llamado El origen
de las Especies . Continuó su diálogo
expresando que si bien su teoría tuvo adeptos,
también tuvo muchas críticas y para que
yo pudiera escuchar algunas de ellas me acompañó
hasta la presencia de otro señor, mientras me
aclaraba que era un pensador respetado por él
por ser uno de los protagonistas y forjadores de la
cultura del siglo XX.
En presencia de Friedrich Nietzsche
Me presentó a un señor de bigote espeso,
quien dijo llamarse Friedrich Nietzsche.
Le pregunto qué es para él la Antropología
desde el punto de vista cultural. Se sonríe y
dice, “a pesar de haber sufrido muchos contratiempos
en mi salud, hasta el punto de caer en una psicosis
de la que no pude recuperarme en vida, traté
de demostrar que el evolucionismo de Darwin fue un avance
en el campo de las ciencias naturales, pero la Antropología
no puede reducirse a una visión biologista. Traté
por tanto de realizar una tesis que traspusiera lo filosófico-mítico
de ese biologismo: mi tesis del Superhombre, del primado
de la vida y de la voluntad de poderío”.
Muy confundida, le pedí si podía decirme
un poco más sobre su teoría.
Gustoso, explica que, en una de sus obras, La Gaya Ciencia
, trata de demostrar que el Hombre no es otra cosa que
una necesidad de poder siempre insatisfecha y, paradójicamente,
siempre triunfante por encima de sus propias miserias
y de sus propias renuncias. Continúa relatando:
“yo rechazo los valores establecidos y, a su vez, eso
me lleva a rechazar el pensamiento racionalista y científico,
ya que tanto la ciencia como la razón ofrecen
al hombre un saber falso, incapaz de enfrentar las leyes
de la vida y, por ende, de concebirlas. La sociedad
occidental estableció una moral que conduce a
empobrecer las potencias originales del hombre, que
son la agresividad, su afán de triunfo y su alegría
de ser fuerte. Para cambiar esto, propongo abandonar
los valores antiguos, (caridad, compasión, aceptación
resignada) y subordinarse a una voluntad fuerte y creadora,
unida a un impulso vital, capaz de aceptar el riesgo
de la destrucción para ejercer su voluntad de
poder. Este nuevo espíritu se encarna en un Superhombre
alejado de los hombres simples, como la raza humana
lo está de sus antecesores animales y en esto
me diferencio de Darwin. También se debe aceptar
la muerte de Dios, ya que si se acepta su muerte, el
hombre deja de inclinarse ante Él y puede recuperar
su orgullo, exigiéndose a sí mismo su
propia elevación. Sólo así aprenderá
nuevamente a gozar de la tierra y de su sentido. Para
ello también tiene que aprender a sufrir sus
quejas.”
Le pregunto: ¿La voluntad de poder unida a la
voluntad del goce, exige dejar a un lado la racionalidad?
Me contesta, “sí, porque la racionalidad es algo
inútil”; y agrega “el hombre es un puente y no
una meta, es un tránsito y no un ocaso, y si
quieres saber más puedes consultar otra de mis
obras Así habló Zarathustra .
Le pregunto: ¿Por qué el hombre es un
puente y constituye un tránsito?.
Un poco apurado, ya que se debía retirar, trata
de contenerme en mi ansiedad, provocada por temas que
se escapan a mi reflexión, concediéndome
unos minutos más y dice, “el destino de los hombres
se une a la evolución irracional del universo
y tiene la imperiosa necesidad de reafirmarse, de volver
constantemente sobre sí mismo. Por eso todo momento
en la vida del hombre es repetido. Debo aclararte que
este tema del eterno retorno, no tiene nada que ver
con la dialéctica griega de los ciclos repetitivos,
sino que, para mí, el eterno retorno implica
un proceso de negación-superación. Debo
confesarte que mi obra ha sido interpretada de muchas
formas; por ejemplo los nazis creyeron ver en mi Superhombre
la dominación germana de occidente, Martín
Heidegger la interpreta como una serie de revelaciones
ontológicas, otros la ven como un pensamiento
que quiere librar al espíritu del hombre de sus
servidumbres teológicas. También mis ideas
generaron discusiones y debates en el terreno de la
Filosofía, de la Estética, de la Literatura
y del público en general.” Por último,
aclara sonriente que, sin querer, influyó en
el pensamiento de Bergson, Sartre, Camus, Jaspers y
Heidegger; pero nunca pensó que por sus obras
Freud diría que sin su ayuda hubiera tardado
mucho en descubrir el área del inconciente. En
ese instante se retira, previa despedida, caminando
despacio, ensimismado, como pensando en todo lo que,
con mucho fervor y entusiasmo, dialogamos.
El encuentro tan deseado
De pronto, escucho pasos que venían hacia mi
encuentro. Repentinamente me doy vuelta y encuentro
un señor al que, por sus teorías y pensamientos,
siempre respeté: Max Scheller. Nos presentamos
y le dejo entrever la alegría que me provoca
dicho encuentro, ya que una de sus obras me impactó
en la época temprana de mi juventud por la manera
que desarrolla su teoría de los valores.
Agradece tal reconocimiento y agrega: “ la muerte me
sorprendió por un problema cardíaco que
me impidió seguir repensando y corrigiendo mi
punto de vista de acuerdo con la evolución de
mi pensamiento, como acostumbraba a hacerlo. En verdad
siempre me apasionó el tema de los valores, tanto
como el de establecer la situación del hombre
y su posición en el mundo.” Parafraseando a irónicamente
a Nietzsche, dice: “pero como diría Frederic,
tengo que aprender a sufrir sin quejas, aún en
este otro lado, alejado ya del mundo por el que todos
los que aquí habitamos, hemos pasado.”
Haberle hecho tal confesión, sobre el impacto
que su obra me causó, me generó un compromiso,
ya que en lugar de ser yo quien indagara se adelantó
a mi intención y me preguntó qué
obra había leído y qué concepción
de hombre suponía yo que él tenía.
Con el nerviosismo que provoca sentirse evaluado, traté
de responderle, buscando su aprobación. Le dije
que el libro era El puesto del hombre en el cosmos .
Mi interpretación de su pensamiento era que el
hombre habita en dos reinos diferentes, que implican
dos concepciones suyas que se relacionan estrechamente:
la noción de valor y la de espíritu. Los
valores son entidades objetivas, absolutas y su validez
no depende de ninguna condición. En tanto son
absolutos, no están determinados por lo relativo
y contingente. Son algo peculiar, imposible de identificar
con las cosas. Lo que vuelve persona al hombre, son
los valores. El hombre actúa y estos actos no
se dan por una causalidad ya determinada, sino que haciendo
uso de su libertad, los aprehende, configurando así
el valor supremo: se hace persona. En esto consiste
el espíritu, que lo diferencia del animal.
Al llegar a este punto dice: “es que el espíritu
se vuelve hacia ese mundo peculiar de los valores; por
eso para mí es fundamental la relación
entre Axiología y Antropología. El hombre
para poder realizarse como persona, debe superar ciertos
factores que obstaculizan la coherencia entre valores
y espíritu. Dichos factores son: sus propios
instintos (instinto de conservación, instinto
de poder, instinto sexual, etc.) y las circunstancias
que lo rodean (políticas, económicas,
geográficas, condiciones de población,
mezcla de razas). El impulso afectivo, el instinto,
la memoria asociativa y la inteligencia práctica
no son exclusivos del hombre, sino que también
están presentes en algunos animales. En estos
aspectos el hombre pertenece a la serie vital. Pero
el animal no tiene ningún interés por
la verdad ni por los valores. El hombre posee algo que
no se puede reducir a lo meramente biológico;
que lo identifica y lo hace ocupar un lugar exclusivo
y propio dentro del cosmos: el espíritu. Este
espíritu hace al hombre libre del cosmos al ligarlo
a la esfera ideal de las verdades y los valores. El
animal queda siempre atado a su medio circundante y
sirve exclusivamente a sus instintos naturales. Lo que
hace al hombre ser tal es que se hace a sí mismo
al hacerse y ser libre del cosmos. Es lo que Kant afirma
cuando dice que el hombre se hace ser racional.
Por último desearía aclararte que, cuando
hablo de cultura no estoy haciendo referencia a objetos
culturales, sino a la cultura como formación.”
Estrechándonos las manos nos despedimos con un
hasta siempre, no sin antes acompañarme hasta
una habitación contigua.
El hombre: una concepción diferente
Allí se realizaba una reunión informal
de la que participaban antropólogos y pensadores
pertenecientes a la segunda mitad del siglo XIX. Mantenían
una charla amena sobre el impacto que sus ideas y teorías,
aunque diferentes entre sí, habían dejado
no sólo en sus seguidores inmediatos y cómo
en los inicios del siglo XXI, aún se los reconocía
y consideraba. Satisfechos y gozosos, veían que
seguían latentes en el ideario de muchas instituciones
(científicas, culturales, de formación
humanística, etc.).
Entre los allí presentes había una figura
perteneciente a la Escuela de Marburgo, de dirección
neokantiana, aunque la variedad de temas e intereses
por él abordados excedían el marco referencial
de dicha escuela. Este señor era Ernst Cassirer.
Me acerqué a él, con el fin de realizarle
algunas preguntas que me pudieran aclarar su noción
de cultura y cuál era su postura frente al idealismo,
si tendía al subjetivismo o si era un idealismo
objetivo.
Su explicación al respecto podría sintetizarla
así: me aclara que ha realizado el estudio de
los conceptos, basándose en las ciencias de la
naturaleza (Física y Química), así
como en las Matemáticas, en tanto se relaciona
con dichas ciencias. Considera que estos estudios no
pueden encuadrarse dentro de un idealismo estrictamente
de tipo subjetivo sino, que en tanto sostiene que sujeto
y objeto pueden quedar ligados en la experiencia, se
podría llegar a considerar su postura como objetivista.
Pero como para él, la experiencia no es una dimensión
distinta del pensamiento, sino que constituye una parte
del pensamiento mismo, aclara que adhiere a la objetividad
de las formas. En este sentido podría hablarse
de un realismo de aspecto idealista. Aclara que en ningún
momento deja de defender la gran tradición del
idealismo. El estudio de las ciencias de la naturaleza
y, posteriormente, el de las ciencias del espíritu,
lo realiza teniendo en cuenta la estructura funcional
de los mismos. Así, llega a la conclusión
de que los conceptos utilizados en las ciencias, si
bien no son “reales”, tampoco son puras formas vacías.
Dichos conceptos no se los puede colocar por encima
ni por debajo de los experimentos u observaciones, sino
que, juntos, van conformando una trama desde el comienzo.
Los conceptos científicos hacen referencia a
una serie de instrumentos o medios, por medio de los
cuales la realidad queda articulada y aprehendida. Dichos
instrumentos no son realidades ni ficciones, son objetivos
en tanto permiten llegar a conocer los conceptos como
elementos formales universales. De no ser así
no se podría hablar de universalidad, invariabilidad
y aprioridad.
Su campo de estudio se extiende también al de
la Historia y al Lenguaje (formas simbólicas).
De esta manera incluye en el concepto de conocimiento
al mundo del arte, del mito, de la religión,
del lenguaje, etc. Esto lo lleva a transformar la “crítica
de la razón” (que se refiere sólo a la
ciencia), en “crítica de la cultura”, que comprende
todas las manifestaciones y actividades del espíritu
humano, incluyendo la científica.
Le pregunto: si la cultura comprende todas esas actividades
del espíritu humano, entonces, ¿cómo
concibe al hombre?.
Responde que el hombre es también un animal simbólico
y que toda forma de conocimiento hace referencia y pone
en evidencia distintas formas simbólicas utilizadas
por el hombre. Según su punto de vista, esto
le permitió construir una Antropología
Filosófica y resolver el problema del origen
de los objetos culturales.
Ya concluída su explicación, le expresé
mi inquietud de que, a lo largo de las entrevistas,
había visualizado que las distintas teorías
antropológicas tenían como común
denominador un estilo de trabajo similar al que regía
a las Ciencias Naturales.
Respondió que, seguramente, los pensadores consultados
tenían un enfoque propio del siglo en el que
él había vivido, pero si entrevistaba
a algún antropólogo más reciente
probablemente encontraría alguna diferencia,
claro que estas personas no las hallaría en esta
mansión.
Luego de despedirnos, y por la sugerencia que me hizo,
decidí alejarme del lugar.
Un enfoque diferente al de la Antropología
tradicional
Comencé a transitar por las calles de la ciudad
de Princeton y entré a un bar. Rodeado de gente,
encontré a un señor que estaba dando consejos
a un grupo de alumnos universitarios. Les sugería
que si deseaban realizar trabajos antropológicos,
más que medir o clasificar, debían interpretar
y dejar a un lado el punto de vista propio, los condicionamientos
y prejuicios, para que no incidan en su tarea. Percibí
que este antropólogo estaba en un plano más
cercano a las ciencias humanas. Los estudiantes se iban
retirando. Me acerqué a uno de ellos y le pregunté
cómo se llamaba este profesor.
Me respondió Clifford Geertz. Una vez solo, me
acerqué y le pregunté qué es para
él la cultura desde el punto de vista antropológico.
Dijo: “la Antropología debe ser entendida como
Antropología Simbólica, y desde fines
de la década de 1960, surge así conceptualizada.
Yo me adhiero a esta postura, donde lo simbólico
tiene una forma diferente de ser interpretada a otras
corrientes.”
Le pregunto cuál es esa nueva forma en que interpreta
a la Antropología.
Responde que él la concibe no desde un punto
de vista metodológico, sino como un acto o conjunto
de actitudes de tipo interpretativo. Pero antes de continuar,
expresa que va a responder a mi primera pregunta y dice:
“la cultura es fundamentalmente un concepto semiótico.
La vida del hombre está llena de significados,
que él mismo va entretejiendo. Para analizar
la cultura debemos analizar esa trama con el fin de
encontrar el significado de las acciones humanas. Es
por eso que la Antropología es una ciencia interpretativa
que trata de buscar el significado de las expresiones
sociales. Bajo esta mirada, la Antropología no
es una ciencia experimental que busca leyes universales.
Aquí radica mi diferencia con Cassirer. Si deseas
comprender una ciencia o una profesión, más
que atender a sus teorías y a lo que de ellas
se dice, se debe estar atento a lo que hacen los que
la practican. En el caso de la Antropología Social,
los que la practican hacen etnografía, y, a través
de esta hacer etnográfico se puede llegar a un
conocimiento de la cultura desde el punto de vista antropológico.
La cultura ha provocado muchos debates a lo largo de
la historia de la Antropología como ciencia.
Por ejemplo se ha cuestionado si es objetiva o subjetiva
o si es ambas cosas, pero lo que realmente debe interesar
es el sentido y valor que tiene el accionar del individuo,
que se pone en evidencia en los símbolos que
utiliza para expresarse, por ejemplo desafío,
enojo, orgullo, burla y muchos más. Este accionar
es el que conceptualiza a la cultura como ciencia antropológica.
Para poder llegar a interpretar el significado y sentido
del accionar que utiliza un determinado grupo, como
universal cultural, es necesario familiarizarse con
los signos que simbolizan sus actos y dan sentido a
su discurso.
Toda interpretación antropológica queda
determinada por la experiencia del antropólogo
que la realiza. Esta interpretación es de 2°
orden si es él, el que la vivió y de 3°
orden si le son dadas por informantes; se las considera
ficciones en el sentido de que son algo hecho o formado
y no en el sentido de algo falso.”
Pregunto: ¿cuándo se puede considerar
una interpretación como de 1° orden?
Responde: “sólo un nativo hace interpretaciones
de esta índole, ya que es su cultura.”
Algo me preocupa: si no hay una metodología,
cómo se pueden aceptar que sean científicas
y le pregunto sobre la validez de estas explicaciones.
Contesta que para que tengan validez, es necesario ponerse
en contacto con la vida de estos grupos humanos extraños
a nuestra cultura, porque en el accionar del grupo se
articulan las formas culturales. Estas explicaciones
basadas en descripciones etnográficas, deben
ser interpretativas, (interpreta el discurso social
y lo dicho en el mismo). De la manera en que él
la practica, deben ser además microscópicas
en el sentido de que pequeños acontecimientos
pueden estar manifestando grandes cuestiones dentro
del grupo cultural estudiado. Así, el antropólogo
debe partir de hechos singulares y sencillos; y su objeto
de estudio debe estar bien acotado. No hay que confundir:
el lugar de estudio no es el objeto de estudio, se estudia
en un lugar pero no se estudia el lugar. Este conocimiento
de la cultura no es acumulativo. Los nuevos estudios
profundizan las mismas cuestiones y se corresponden
con otros estudios anteriores. Esto pone en evidencia
que, de estudios particulares no se puede llegar a una
ley universal, sólo se pretende generalizar a
partir de casos particulares interpretados y estudiados.
Para ello, el antropólogo debe cumplir una doble
tarea: descubrir los actos de un grupo a través
de lo dicho en su discurso social; y construir todo
lo que se destaca y permanece en el accionar del grupo,
diferenciándolo de otros factores que, si bien
influyen en sus conductas, no hacen a la esencia del
grupo. Esta doble tarea permite descubrir el papel de
la cultura en la vida humana.”
Le pregunto si una vez descubierto el papel de la cultura,
se completa el análisis cultural.
Responde que no, cuanto más profundamente se
realiza el análisis, más incompleto es
porque el análisis cultural nunca está
totalmente acabado. Todas las afirmaciones deben ser
revisadas y puestas en debate continuamente. La Antropología
interpretativa se caracteriza, entre otras cosas, por
no tener respuestas acabadas y completas. Cada respuesta
nos sumerge en otros problemas. Para conocer más
de su concepción me aconsejó leer uno
de sus libros, cuya primera publicación data
de 1973 : La interpretación de las culturas .
En ese instante, un timbre muy fuerte me volvió
a la realidad: era la hora de levantarme para ir a trabajar;
y parafraseando a Kant diría: “ dormía
y soñaba que la vida era belleza; desperté
y comprendí que ella es deber.”
A MODO DE REFLEXIÓN
Con mis reconocidas limitaciones, traté de
interpretar qué es la cultura como ciencia antropológico-filosófica.
Con audaz atrevimiento he conformado explicaciones,
quizás muy discutibles, tendientes a estructurar
una respuesta y a dar forma a mis consideraciones sobre
tema tan trascendental.
Haciendo un parangón entre la definición
de cultura, desde el punto de vista antropológico,
dada en los inicios del trabajo, observo que cada uno
de los autores entrevistados se pueden ver reflejados
en alguna parte de dicha concepción.
Considerar la cultura desde un punto de vista evolucionista,
sería para mi entender, reducir al hombre a un
ser puramente biológico que se diferencia de
los animales u otros seres no-humanos a un ser que ocupa
el mayor rango en la escala biológica; y esto
no me parece que sea lo esencial que hace ser al hombre
lo que es y no otra cosa. Si bien el evolucionismo de
Darwin puede ser considerado como el motor que impulsó
a otros pensadores en la búsqueda de la esencia
del hombre y de todas sus manifestaciones, es una teoría
que como científica es respetable, pero muy poco
aplicable al terreno antropológico-filosófico
y cultural.
Considero que el hombre debe realizarse superando sus
pasiones, sobreponiéndose a sus instintos y tendencias,
buscando a través de su realización el
lugar que lo haga sentirse persona. Para ello debe ir
encarnando valores que le permitan fortalecer su espíritu.
Cuando un ideal puede encarnarse en el espíritu
humano, deja de ser un ideal para convertirse en valor
y esto no sólo contribuye a la formación
como persona, sino que al mismo tiempo va determinando
el posible curso de la cultura.
Pero, no siempre el hombre puede elegir con libertad
los valores que desea adquirir, para elevarse y enriquecer
su espíritu. La realidad de la vida social obstaculiza
dicha aspiración y lo condiciona en la posibilidad
de su formación a través de factores económicos,
políticos, raciales, etc.. En este aspecto coincido
con Max Scheller.
Esto me lleva a reflexionar que el papel de la escuela,
como transmisora de cultura, se convierte en algo utópico
e imposible de realizar en plenitud..En muchas ocasiones
dicha transmisión no atiende en la diversidad
de culturas para su integración. Sus planes y
proyectos responden a un segmento de población
donde en lugar de haber coherencia entre los valores
y el libre accionar de sus integrantes, los sectores
excluidos se ven obligados a actuar de acuerdo con lo
que el medio escolar les impone, debiéndose adaptar
a las exigencias de dicha cultura. Esto les impide librarse
de las ataduras del medio y no les permite hacerse personas
en el sentido schelleriano.
A su vez, los docentes encargados de la formación
de sus alumnos, tratan de transmitir cultura, pero a
partir de la reforma de los ’90, muchos son los que
se resisten al cambio. Utilizan en sus planes y proyectos
la terminología propuesta por las nuevas normativas,
pero siguen actuando como hasta entonces, generando
así espacios virtuales, donde a mí parecer,
actúan como sí hubieran aceptado los cambios,
cuando en verdad nada hacen para mejorar la cultura
escolar. En este aspecto obran de acuerdo con los principios
nietzscheanos: tratan de ejercer su voluntad de poder
rechazando los valores establecidos por la institución.
Se oponen a los cambios en su quehacer y no aceptan
el trabajo en equipo que puede comprometerlos a aceptar
las propuestas de otros docentes, teniendo que sacrificar
sus propias comodidades y egoísmos, en aras de
una mejor gestión institucional. En la figura
de estos docentes se pone de manifiesto el concepto
de hombre de Nietzsche como un ser que, por sus saberes,
trata de ocultar sus propias miserias y debilidades,
mostrándose con una necesidad constante de poder
sobre sus pares y alumnos, para reafirmarse.
No se debe caer en la inocencia de negar o relativizar
las teorías de los grandes pensadores. Hay que
considerar que en cada uno de ellos se encuentran cosas
positivas.
No está mal superarse, y esto es lo positivo
de Nietzsche, pero no coincido con la manera que nos
propone hacerlo. El volver constantemente sobre sí
mismo (Teoría del eterno retorno), posibilita
al quehacer docente reconocer y mejorar los errores
cometidos, y con decisión, tratar de superarlos,
en lugar de sólo negarlos. Una aceptación
resignada nos lleva a seguir obrando equivocadamente.
Si queremos luchar para que la escuela sea transmisora
de cultura, no sólo se debe trabajar en equipo
y atender a la diversidad de costumbres, nacionalidades
y razas, tratando de integrarlas, sino también
se debe bregar por tener en cuenta las diferentes manifestaciones
que coadyuvan al desarrollo de la capacidad creadora
del alumno en todas sus áreas: arte, ciencia,
historia, cuentos, narraciones, mitos; que permiten
conocer la realidad que conforma la identidad cultural
del grupo, y pone en evidencia las distintas formas
simbólicas utilizadas por el mismo. En este aspecto
resulta útil el aporte hecho por Cassirer, reconociendo
al hombre como un animal simbólico y conceptualizando
a la cultura como toda manifestación y actividad
del espíritu.
Para tener un conocimiento real del contexto cultural
escolar y de los símbolos que la representan,
es importante que los docentes puedan interpretar y
decodificar los discursos de sus alumnos y nada mejor
que hacerlo a través de la reflexión,
pero no en forma de razonamiento teórico, sino
que implique un accionar docente, es decir, que sea
una reflexión en la acción y sobre la
acción. Esto genera conocimientos sobre el accionar
docente y a la vez, permite descubrir el papel de la
cultura en la vida de los individuos. Conocimiento que
no es acabado y completo, es decir, no se da de una
vez y para siempre, sino que las nuevas respuestas obtenidas
generan nuevas problemáticas.
Para poder evaluar las acciones áulicas, es necesario
interpretar y decodificar los discursos de los diferentes
actores sociales que conforman el grupo escolar. Ello
no es nada fácil, ante todo hay que familiarizarse
con los signos y símbolos que los alumnos utilizan,
tratando de buscar qué es lo que quieren expresar,
qué significa esta determinada conducta puesta
de manifiesto en lo discursivo. Sobre la base de esta
interpretación hay que tratar de diferenciar
las manifestaciones que hacen a la esencia del grupo,
de aquellas que son contingentes y que interfieren en
la estructuración de su accionar cultural. Saber
por qué un alumno contesta intempestivamente,
se burla de otro, es o nó solidario; es lo que
debe interesar para mejorar el clima áulico y
la práctica docente, a través de propuestas
que favorezcan la creatividad y el desarrollo de conductas
prosociales. Para llegar al camino de tales proposiciones,
es necesario previamente haber estudiado e interpretado
varios casos particulares. Así, cuanto mayor
sea el camino recorrido, mayor será la experiencia
adquirida para interpretar y decodificar el discurso
escolar.
Si bien esta forma de actuar del docente encuentra sus
raíces en la teoría de Geertz, no tiene
las pretensiones de equiparar al profesional de la docencia
con el antropólogo etnográfico, pero sí
debe servirle de modelo en algunos aspectos importantes
de su labor, no sólo en lo que hace a su tarea
áulica, sino también en el modo de encarar
la tarea en equipo con otros docentes; en su forma de
relacionarse con directivos y alumnos; en el nuevo rol
que implica la actual gestión institucional;
en la forma de interpretar los discursos propuestos
por las nuevas normativas, basadas en políticas
educativas que responden a un fenómeno mundial:
el proceso de globalización, donde los cambios
en un área (política, económica,
educativa, social, etc.) o nación, influyen en
las demás áreas o naciones; en las nuevas
propuestas curriculares que generan reformas en sus
diferentes dimensiones: social, institucional, jurisdiccional
y nacional. Pero, dado lo abarcativo del tema, estos
factores serían objeto de reflexión de
otros trabajos.
A MODO DE CIERRE
Trasladar estas reflexiones al campo de mi labor profesional
es, como manifesté al principio, una tarea ardua
y constante, pero no imposible. Procurar que mis alumnos,
futuros docentes, puedan realizarlo es aún más
dificultoso ya que para conducirlos por este camino
debo dejar un espacio abierto para su propia reflexión
en la acción y sobre la acción. Lo lograré
no sólo por enseñarles buenas teorías,
sino transmitiendo estas cuestiones a través
del espejo de mis prácticas, para que en él
se vean reflejados en su futuro accionar. En este sentido,
entraría a funcionar lo que Lacan denomina como
Otro. El Otro es el lugar del código lingüístico,
formado por un sistema sincrónico de significantes
que determina la entrada del sujeto al orden de la cultura
(al registro simbólico).
Para Lacan lo real es lo que no tiene fisuras, no está
marcado. En el nivel de lo real la distinción
exterior-interior no tiene sentido. El orden simbólico
perfora y recorta lo real por los significantes. Así,
lo imaginario implica el recorte que lo simbólico
realiza sobre lo real. Lo real está más
allá de los sentidos, mientras que lo imaginario
es lo real simbolizado (la realidad). Como docentes
nos manejamos en el plano de lo imaginario.
Para recuperar a la escuela en su aspecto cultural,
es necesario estudiar e interpretar los distintos sentidos
de este imaginario social, que ayuden a revalorizar
el trabajo docente, su función educativa y sobre
todo la institución como el espacio que enseña.
Parafraseando a Castoriadis, cada sociedad constituye
un sistema de normas, valores, instituciones, de orientaciones,
de fines de vida colectiva e individual. En el núcleo
de estas formas se hallan las diferentes significaciones
imaginarias sociales. Pero los espacios en los que los
sujetos constituyen sus imaginarios, quedan determinados
por muchos factores: condiciones materiales, historias
familiares, saberes significativos aprehendidos por
los alumnos en el ámbito escolar. Estos factores,
junto con las prácticas sociales (conscientes
e inconscientes), van construyendo el sentido común
de los actores.
El paradigma interpretativo se ha inclinado en los últimos
años a estudiar la cultura organizativa, concepción
nueva aún en formación que surge a fines
de la década del’70. Comprende temas que antes
no eran tenidos en cuenta, ya que se presuponía
que dicha cultura era monolítica. Hoy se reconoce
la existencia de culturas y subculturas que implican
cambios a nivel institucional (multicuturalidad).
La micropolítica de Ball también contribuyó
positivamente a la comprensión de los intereses
de los individuos y de los grupos, las relaciones de
poder y el conflicto como un factor permanente que hace
a la naturaleza de las instituciones.
Es así como las dos metáforas tradicionales
en las que se circunscribía a la escuela como
máquina cultural o como un cuerpo vivo, han sido
superadas por otra: la cultura institucional. Ésta
se constituyó en el eje central de un movimiento:
las escuelas eficaces. Este movimiento sostiene que
la escuela incide en el rendimiento académico
de los alumnos, traspasando la responsabilidad del éxito
o fracaso escolar, del origen sociocultural de las familias,
a la eficacia institucional. Esta nueva cultura curricular
e institucional, provoca un cambio en la estructura
escolar, que si bien es complejo y difícil de
llevar a cabo, responde en forma abierta y flexible
a las necesidades de cada comunidad educativa.
Hablar de instituciones educativas, lleva a reflexionar
no sólo sobre la transmisión de la cultura,
sino también sobre su función socializadora
y sobre la necesidad de preservar su cohesión
social. Por eso, en la práctica se hace difícil
hablar de una cultura escolar, ya que en muchas ocasiones
la cultura de la escuela pone de manifiesto diferencias
con las culturas dominantes. La homogeneidad del modelo
oficial se desdibuja frente a las diferencias, confusiones
y disparidad de opiniones de los docentes, que se ven
reflejadas en sus prácticas.
Estas situaciones producen lo que Bernstein denomina....”brecha
discursiva, la brecha discursiva, les sugeriría
es un lugar para lo impensable. Es un lugar para lo
imposible” (...) “ese lugar es un sitio entre la coherencia
y la incoherencia, del orden y del desorden, del cómo
es y del cómo puede ser.”
Pensar nuestra cultura, y en especial la cultura escolar,
como algo multifacético, producto de la mezcla
de elementos heterogéneos, podría ayudar
a mejorar las prácticas docentes. Aceptar la
ayuda de padres, alumnos u otras instituciones de la
comunidad, podría favorecer a mejorar los contenidos
y proyectos que conforman la propuesta institucional.
La cultura debe entenderse como ese rompecabezas
del que hablé al principio, donde cada una de
sus piezas, articuladas con las demás, ayudan
a estructurarlo, ya que aisladas no tienen ninguna utilidad
y hacen perder el sentido para lo que fue creado.
Ana María Catoyra.
Diciembre, 2002.
Bibliografía consultada:
Darwin, Ch.: El origen de las Especies. Edit. Bruguera.
Barcelona, 1975.
Nietzsche, F.: La Gaya Ciencia. Edit, Sarpe. Buenos
Aires, 1984.
Nietzsche, F.: Así habló Zarathustra.
Alianza Editorial. Madrid, 1972. Parte Tercera.
Scheller, M.: El puesto del hombre en el cosmos. Edit.
Losada. Buenos Aires, Argentina. 5° edición,
1964.
Geertz, C.: La interpretación de las culturas.
Edit. Gedisa. Barceloa, España. 10° reimpresión,
2000.
Lacan,J.: Función y campo de la palabra y del
lenguaje en psicoanálisis. En Escritos I. Edit.
Siglo XXI. Buenos Aires, Argentina, 1988.
Castoriadis, C.: El ascenso de la insignificancia. Edit.
Cátedra. Madrid, 1998.
Ball, S.: Micropolítica de la escuela. Hacia
una teoría de la organización escolar.
Edit. Piados. Barcelona,1989.
Hecho el depósito legal.
Es propiedad del autor.
Dirección Nacional del derecho de autor.
Expediente N°236536.
Ente cooperador, Ley 23.412- C.A.P.I.F.
ANA MARÍA CATOYRA
PROFESORA DE FILOSOFÍA
Y PEDAGOGÍA
PSICOPEDAGOGA CLÍNICA
LICENCIADA EN ADMINISTRACIÓN
Y GESTIÓN DE LA EDUCACIÓN
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